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La poeta Alma Columba nació en la Ciudad de México en 1970.
A lo largo de su vida en el mundo de las letras ha sido gestora y se ha encargado de difundir, a través de diversos medios, la literatura mexicana contemporánea.
Además, es cuentista y ensayista cuyos textos han sido publicado en revistas como Periódico de poesía.
Ha colaborado en libros colectivos como Lados B. Narrativa de alto riesgo Mujeres 2016 (Nitro/Press, 2016).
Columba acaba de publicar en Punto en línea una serie de poemas bajo el título A nadie le sirve mi talento de escuchar dragones y al respecto conversamos con ella.
— Expones en los poemas la metáfora de la expulsión de moscas como si fuera la destrucción, ¿qué es esa destrucción?
En un primer plano es una metáfora de la mentira y, en efecto, todo lo que su crecimiento implica. Partí de la idea de un personaje que perfecciona su afición a decir mentiras hasta convertir eso en un arte, y que crea con ellas el personaje que es y los escenarios en que desarrolla su vida —toda una farsa, por supuesto—, y cómo fascina a la gente que lo conoce hasta el momento de su muerte, en que todo mundo engrandece su imagen por encima de la ruina que es en la realidad. Es el planteamiento general, pero por supuesto, en cada lector detona emociones diferentes, ideas que van más allá del poema y justo así se forma un puente de un diálogo creativo.
— También, en tus poemas, está el asombro que deambula entre el erotismo, lo escatológico y la muerte. ¿Por qué?
En una respuesta inmediata, seguro es por aquello de la pulsión vida/muerte inherente en todo. La verdad es que el asombro me parece una base fundamental para la creación; se trata de jugar y ver de nuevo el mundo, no como te han enseñado a hacerlo, sino cómo te mueve una emoción. Recrear el espacio y las cosas sin el contorno que los limita, sin miedo a las palabras que arden, que consumen, que enloquecen.
Llegar a la belleza por una ruta diferente que te deje sin aliento, que te exija tocar tu cuerpo y conocer todo aquello por lo que seas capaz de morir.
— ¿Por qué escribes poesía?, ¿para qué?
Entre los recursos literarios, la poesía siempre me ha parecido lo más fascinante.
Me atrevo a hablar de recursos y no exclusivamente de géneros porque, por supuesto, también distingo grandes muestras de poesía en algunos textos narrativos.
Algunas personas comentan que mis cuentos son poéticos y cuando escribo poemas dicen que son narrativos, no tengo intención de poner en acuerdo a los lectores, me gusta que se multipliquen las perspectivas.
El caso es que descubrí que con la poesía me atrevo a contar cosas que hubiera preferido olvidar, me atrevo a ponerle nombre a lo que se oculta porque es de mala educación o está mal visto en la sociedad, y también me atrevo a darle voz a lo que pretendemos dejar de lado en aras de facilitarnos la vida o no confrontarnos con nadie ni con nada.
Digamos que es muy cómodo ignorarse e ignorarlo todo, pero es necesario abrir los ojos, confrontar lo necesario y ser capaces de crear algo distinto.
— ¿Cuáles son tus poemarios y poetas favoritas que te han inspirado?
La lista es enorme, obviaré a los grandes y reconocidísimos y voy a aprovechar la ocasión para decirte que me han entusiasmado mucho algunos poetas contemporáneos de mi generación o muchísimo más jóvenes, cuya aportación a la poesía es muy valiosa.
Uno de los primeros poetas que me sorprendió por evadir los temas comunes fue Luigi Amara; me encanta la desfachatez de José Eugenio Sánchez; el rigor de Felipe Vázquez; la trayectoria anecdótica de Víctor Cabrera; la emoción de Luis Jorge Boone; la cotidianeidad de Dalí Corona; lo arriesgado y vital que es Juan Carlos Bautista; la ternura de Refugio Pereida; la locura frenética de Álvaro Luquin; la forma genial con la que Luis Eduardo García maneja el sonido; la irreverencia de Gabriel Santander; el magistral dominio de Christian Peña y el amor absoluto en la voz de A.E. Quintero.
