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Con un reconocimiento al que se despedía, Alfredo Ríos El Conde, verde botella y rosales bordados en oro, se iniciaba la octava tarde con muchas expectativas, pues los bureles prometían lo que ninguna otra jornada.
Carasucio, 545 de peso y ovación, astifino bien puesto, degollado largo y alto meano coletero, salió frío como primera suerte para El Conde, se enceló con voluntad y muchos riñones luego del primer tercio, puyazo trasero, el primero, durísima voltereta al caballista; más certero el segundo, del caballo de la querencia, y le brindó cualidades a su coleta para que se luciera al quite por chicuelinas y al rehiletear para el respetable, con todo y dianas.
De los medios a las rayas, con mucho respiro, la faena muleteril fue firme por derechas y algún martinete; no obstante, ante la tanda del pase de las flores, el juez respondió al público con una peluda.
Cardicito, también meano, 520 kilos de negro enmorrillado, asombrerado y larguísimo coletero, ojito de perdiz, salió avanto frente a la entrega de hinojos de Uriel Moreno El Zapata, cielo y pedrería fina y blanca, se fue a mansear a la pica de contraquerencia, donde fue malpuyado en dos embestidas, y de ahí se desinteresó de su amonterado, que porfió en su tercio de banderillas, donde dejó un par bueno y corrió ante el gazapeo de su barralva.
Muy de estampas andariegas fue todo el tercio final del mansurrón de arreones, con un Zapata desordenado, ahogando por derechas, pasándose de lidia por alto, y equivocando la colocación de la toledana. A pesar de todo, cortó la segunda oreja para los tendidos.
