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El científico y escritor Fedro Carlos Guillén sigue con interés todo tipo de cartas. Ahora une su pasión por la literatura, la historia y la ciencia en su nueva novela que hoy publica su nueva entrega.
Pedro Pablo San Juan regresó a su cubículo de la UNAM después de comer con Gabriela, la madre de Ana. Estaba devastada y sentía que había agotado ya todos los cauces posibles. La policía lo trataba como un asunto de rutina y no ofrecía ninguna pista, su llamada diaria a Locatel en la que tenían información de hospitales e instituciones asistenciales, ofrecía siempre la misma respuesta: “lo sentimos, no hay nadie registrada bajo ese nombre”. Habían analizado juntos todas las posibilidades, un accidente era improbable ya que ni en el forense ni en los hospitales hallaron información. La pérdida de la memoria era una opción, pero el pediatra de Ana les dijo que ello era muy improbable dado el perfecto estado de salud de la joven. La hipótesis del enojo y la rebelión fue perdiendo fuerza en la medida que pasaban los días. Evidentemente no se trataba de un secuestro, ya que nadie se había comunicado con Gabriela para entablar negociaciones. Esperar era todo lo que quedaba; no era devota de ninguna religión y aun así en algún momento pidió a un Ser Supremo por su hija, estaba desesperada.
Pedro Pablo la comprendía perfectamente y trataba de estar cerca de ella, reflexionaba sobre su incipiente relación y aún no sabía si estaba listo, pero sentía una profunda empatía por Gabriela, aunque él también tenía sus propios problemas; no esperaba el embarazo de Martina y supuso un desajuste significativo a la creciente estabilidad que estaban ganando después de la muerte de su madre. Sabía que su hija era fuerte, pero enfrentaba un trance formidable. La apoyaría con decisión, aunque pensaba que ella debería tomar alguna determinación. Estaba listo para discutir las implicaciones de cualquier salida. No le asustaba el aborto, Pedro Pablo San Juan era un libre pensador, no creía en Dios y alguna vez le había dicho a una mujer devota con la que salió, en medio de una discusión tormentosa: “Respeto a la gente que cree, pero me rehúso a que quieran que yo crea”. Por supuesto la cita se fue al carajo, pero eso pensaba; que la gente debería ocuparse de sus asuntos y de nada más. Revisó la información disponible, no era alentadora; los embarazos de adolescentes eran un problema de salud pública realmente importante. Se escandalizó cuando supo del caso de una niña de catorce años en Baja California que fue violada y obligada de manera legal a tener a un hijo que no deseaba. ¿Qué pasaba en este país? ¿Eran una turba de pendejos? ¿Él mismo era pendejo? Sabía que Martina tuvo acceso a toda la información que necesitaba y aun así estaba embarazada, coño, qué difícil.
Recordó a Beatriz, un vendaval de aire fresco. La conoció después de una conferencia en Guadalajara. Desde el estrado se observaba guapa, joven e interesada en sus palabras. Pedro Pablo era y siempre quiso ser un hombre fiel, no había duda, pero Beatriz era un remolino, le habló de sus obras, de lo mucho que lo admiraba y lo invitó a cenar. San Juan sintió que jugaba con fuego; después de todo era un hombre adulto, enamorado y con una hija que adoraba, pero la vanidad que sólo da la vejez, como pensar que podía hacer todo lo que era una costumbre hace veinte años, lo venció. Esa noche en su hotel se sintió cargado de un deseo que superaba a la culpa y cedió la batalla sin contemplaciones. Al día siguiente, cuando ella lo llevó al aeropuerto y se despidió con un beso largo, él se juró que era el fin y se impuso una tarea de galeote: no contestar llamadas, sacarla de su vida, pero le fue imposible. Su posición clandestina le incomodaba, pero la droga de la juventud lo tenía atado…hasta que Natalia enfermó.
Sintió que lo atenazaba la culpa, era una culpa correcta. Una mujer que entregó su vida por él, que desfallecía, no merecía una traición así. Le pareció melodramático, pero citó a Beatriz en un restaurante de la Condesa y le explicó con una determinación que no admitía réplica, que era todo. Ella lloró, mandó mensajes de texto hasta que él bloqueó su cuenta y se fue de su vida sin más. Ahora él se preguntaba por este espejismo y entendía que había sido un idiota, claramente no era lo que necesitaba y su egoísmo le acompañaba como una sombra de culpa, es por ello que daba pasos de gato con cautela de ladrón.
Trató de concentrarse en su trabajo, disfrutaba mucho sus tareas de divulgador científico. Hacía un par de semanas le habían pedido un artículo para la revista Nexos sobre el tema de las extinciones, empleó un par de horas en afinar sus apuntes y finalmente terminó, lo leyó en voz alta, una costumbre que su hija consideraba exótica:
Se van para no volver.
