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Todos los días, Manuel Felguérez (1928) se mete siete horas al taller: cuatro por la mañana y tres por la tarde, para recibir la noche. “A las dos en punto abandono lo que sea y voy por mi tequila, ¿por qué crees que estoy llegando a los 90”, dice el pintor y escultor que conserva intactos la memoria y el sentido del humor.
Felguérez es un grueso roble que sigue creyendo en la renovación; que, al igual que enarbolaba la llamada Generación de la Ruptura, sigue viendo en el cisma el único camino para el arte.
“Los 90 no es una virtud, es un defecto, porque uno es el mismo, pero sus capacidades de hacer disminuyen; y ya no dice uno ‘qué bueno que todavía puedo, sino qué lastima que ya no puedo’. Hay una parte positiva y otra negativa. La positiva tiene mucho que ver con que tantos años me han dado tiempo de hacer muchas cosas. ¿Cómo me siento?, pues muy contento por un lado, pero por otro digo, chin, qué lata tener 90”, cuenta el artista en su natal Zacatecas, justo en el museo que lleva su nombre.
Felguérez cumplirá 90 años el 12 de diciembre próximo. ¿Es usted muy guadalupano?: “Eso es, como todo, pura suerte”, responde. El artista se cree un afortunado al que le ha tocado protagonizar y conocer de primera mano buena parte de la historia cultural mexicana de la segunda mitad del siglo XX y lo que va de este. Pero es también un incansable trabajador que anda por sí mismo con la ayuda sólo de un bastón; un entusiasta de casi todo lo que hacen los artistas más jóvenes y un convencido de que en el arte hay que buscar el cambio, la transformación.
“Artísticamente sigo produciendo y cuando produzco nunca sé, ni ahora ni cuando empecé, si estoy haciendo una cosa maravillosa o una porquería; no sabe uno, uno hace lo que siente. Cada vez que hago una obra digo: ‘esta será la mejor de mi vida’, pero al final digo: ‘pues no fue tan buena, pero ahora sí voy a hacer la mejor’. Uno siempre está en una lucha por superarse; como he tenido suerte, es en la relación con la sociedad y con el público que te das cuenta si lo que haces ha servido de algo o de nada. Yo tengo tanta suerte que me ha servido por lo menos para fotografiarme, todo mundo se quiere fotografiar conmigo”, dice mientras sonríe.
A Felguérez le tocó emigrar a la Ciudad de México siendo un niño. Aquí, lo apuntaron en los Scouts de México, donde tuvo como compañeritos a Jorge Ibargüengoitia y a Juan García Ponce. Siendo un jovencito se inscribió en la Academia de San Carlos, pero la primera ruptura, quizá la que más marcó su vida, sucedió cuando renegó del fuerte arraigo que tenía la Escuela Mexicana de Pintura en la enseñanza del arte y decidió abandonar los estudios. El arte, sin embargo, había tocado a la puerta: Felguérez continuó estudios en la UNAM, en La Esmeralda y en escuelas de París; de regreso se convirtió en protagonista de la primera generación de artistas abstractos mexicanos.
“Empecé como escultor. Antes había estudiado taxidermia y me fue muy fácil el brinco, ya que estaba haciendo y exponiendo escultura, dije ‘¿y por qué no pinto?’, y me puse a pintar. Entre los compañeros y la generación que ahora llaman de Ruptura nos conocíamos todos, no era tan grande México. Ahí estaban los que hacen teatro y aparece Alejandro (Jodorowsky) y me dice: ‘oye, vente conmigo, vente a hacer escenografía’. Hice más de 30 escenografías con Alejandro, luego hicimos una película y trabaje con él en La montaña sagrada. Cuando nace la danza moderna en México, que es en los 50, también hice escenarios para bailarines, fui amigo de todos los bailarines y bailarinas (risas...), igual con los escritores”, cuenta.
