
Christian Peña (Ciudad de México, 1985) no nombra a sus libros por los títulos. Le cuesta trabajo mencionarlos por su nombre, prefiere llamarlos por la palabra que los define. Es ganador de premios nacionales de poesía como el Aguascalientes 2014 por Me llamo Hakusai (FCE); el Amado Nervo 2009 por El síndrome Tourette (Cuadrivio), o el Efraín Huerta 2013, por Veladora (Cuadrivio), entre otros. Este último libro, al que Peña llama simplemente Velarde, es una de las apuestas experimentales a las que más le ha puesto atención. La siguiente charla trata sobre este poemario que gira en torno a la vida de Ramón López Velarde, una de tres partes que dedica, además, a Xavier Villaurrutia, cuyo libro Expediente X.V. fue editado por Vaso Roto, y una más a Octavio Paz, poemario que aún está en construcción.
—¿Por qué exploras la vida de López Velarde a través de temas como su sexualidad, la muerte y su visión en torno a lo femenino?
—Yo entré a Velarde cuando preparé la antología El gallo y la perla (UNAM), al lado de Antonio Deltoro. Son autores mexicanos que hablan sobre México. Y Velarde fue el autor que más me interesó leer en esta antología. Velarde es ese autor muy de provincia que le dio universalidad a la poesía mexicana, y hay poemas en prosa de Velarde que me recuerdan a los de Baudelaire, la línea es muy cercana entre ambos. Además, el tema sobre el padre de López Velarde me llama la atención, por un lado, por mi padre, pero también la figura del padre, tal cual. Y en Velarde esto es claro en su paternidad, en su no hijo, el hijo negativo del que hablaba. Hay una parte del poema (Veladora) en el que habla de la obra maestra, el hijo que nunca tuvo es su obra maestra. Hay un libro de Pierre Michon que me gusta mucho, y es la vida de Michon vista a través de su periferia, entonces pensé, ¿qué pasa si en vez de contar la vida de López Velarde hablan las voces que lo rodearon? Así, habla el Padre Reveles, María Nevares, Margarita Quijano, habla Fuensanta.
Y me interesó mucho la línea de la muerte de López Velarde, la oscuridad que siempre me ha parecido que tiene este poeta. Si bien es cierto que es el autor de “La suave patria”, Velarde está plagado de una lucha entre la fe y la blasfemia, y se ve en el tema amoroso, que puede ir desde el incesto hasta la casa de San Luis Potosí que se supone que regenteaba para prostitutas. Es como si la voz de Velarde se diera golpes de pecho. Pero cuando le dan golpes de pecho, éstos le calan hondo, son golpes que de verdad le cambiaron la voz y ese constante conflicto me gusta, además lo que hace con la palabra, porque yo creo que escribir es pagar una deuda con la lengua que se habla, y Velarde lo hace con creces, con todos esos esdrújulos, esa prosa, ese ir y venir en el verso.
—¿Qué estructura diste a estos versos condensados?
—Los versos del libro de Cuadrivio (Veladora) están compuestos de esa forma. La primera parte es “la agonía en un modesto apartamento en la colonia Roma”, en donde el calificativo en Velarde siempre cobra relevancia. Hay una anécdota cuando Villaurrutia y Novo visitan a Velarde y le recitan un verso: “esa pecosa pera”, y Velarde dice que eso está muy bien porque, de hecho, las peras son pecosas. El adjetivo para él era tan importante como para Borges, por eso me interesaba remarcar el nombre de ese apartado del libro como “el modesto” apartamento en la colonia Roma. Además, que su segundo nombre era Modesto, Ramón Modesto, y lo único que no tenía era modestia, era una modestia aparente, porque en él hay juego, hay más experimentación formal que aparente. Y lo que quería hacer con los versos era una trinidad, hay versos del libro que están pegados a la izquierda, son sólo tres versos, como si en esa trinidad tuviera que componerse un significado. Esa triada puede crear un sentido distinto en el poema.
—Entonces, ¿por qué parecería que Veladora es menos experimental en estructura que otros de tus libros?
—Al contrario, a mí me parece que es el más experimental de todos. Tiene una experimentación velada, tiene que ver con la sutileza, e incluso, tiene que ver con el verso tratado de otra forma, es decir, el Tourette o el Hakusai distan de la manera de tratar el verso como lo hice con el Velarde, pues en los otros intento desbordar el verso, no son versos en forma. En Velarde la experimentación está más elaborada, pero quizá no está tan decantada sobre la página, porque un poema es también los silencios, los blancos que están en la página. Si lo planteas de esa forma en Velarde, el sonido, el ritmo del libro es mucho más contenido; justo por eso pensaba en la imagen de una veladora como en algo que puedes poner y esperar a que se consuma, los otros libros no intentan ni de cerca eso. Al final es una ofrenda íntima a Velarde.
