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Ricardo Guerra cuenta su amor y vida con Rosario Castellanos
Una entrevista realizada en 1995, de la cual Crónica publica un fragmento, el filósofo dice que la autora de Balún Canán era una mujer muy completa en todos los aspectos
Ciudad de México: Foto / Crónica
Crónica
Ciudad de México / 2018-09-23

La historia de amor entre Rosario Castellanos (Ciudad de México, 1925 - Tel Aviv, 1974) y Ricardo Guerra (1928-2007), en mo¬mentos intensa y des¬garradora se hizo pú¬blica con la aparición del libro Cartas a Ri¬cardo. El epistolario contiene unas 600 páginas, incluyendo casi en su totalidad las cartas de amor entre estos dos personajes, fue editado por el entonces Conaculta.

Con la publicación del volumen se reveló gran parte de esa relación en muchos momentos inédita y ahora se exhibe la película Los adioses, de Natalia Beristáin.

Las primeras cartas datan de 1950, donde Castellanos se muestra como una joven de 25 años extre¬madamente enamorada y como ella misma dice: “hambrienta de ter¬nura”.

“...Quiero ser para usted, lo mejor que yo pueda, lo que más se apro¬xime a lo que usted quiera. Pero es necesario que usted me ayude, que usted me oriente, porque si me abandona a mi intuición es probable que yo eche a perder todo y haga miles de tonterías, pero si usted me dice yo seré dócil en sus manos y me abandonaré totalmente a su vo¬luntad, es usted la primera persona en cuya voluntad confió más que en la mía y de quien creo sabrá escoger mejor que yo lo que es necesario ha¬cer”. (9 de octubre de 1950, Ar¬gentina).

En la segunda etapa de cartas, es¬critas entre 1966 y 1967, se observa a una Rosario engañada, traicio¬nada y desesperada por la situación de su matrimonio, que en instantes se salva por el gran amor de su hijo Gabriel, y todavía con la esperanza de reencontrar al único amor de su vida: Ricardo Guerra.

“Mi vida, te quiero mucho. No he querido a nadie más que a ti. Me siento muy culpable y muy estúpida por haber echado a perder una re¬lación que pudo haber sido, si no fe¬liz, por lo menos no tan desdichada porque yo siempre, quería otra cosa, comerte, devorarte, no sé qué. Que me dieras todo lo que falta y no me puede dar nadie: seguridad, anestesia de ese sentimiento de que estoy de más, de que estorbo, de que cualquiera me supla y con me¬joría...” (20 de noviembre de 1967, Cuernavaca) Por vez primera Ricardo Guerra acepto hablar sobre su relación con Castellanos, en su casa de Cuernavaca en 1995.

—¿Cómo se conocieron Ro¬sario Castellanos y usted?

—Nos conocimos por 1949, éra¬mos compañeros en la Facultad de Filosofía, o sea, en Mascarones. Ro¬sario había abandonado sus estu¬dios de Derecho junto con Lolita Castro, para estudiar Filosofía, yo por mi parte era profesor adjunto de Samuel Ramos en la misma facul¬tad. Por aquellos años ella hizo amistad con algunos de mis com¬pañeros del grupo Hiperión, como Emilio Uranga, Luis Villoro, Leo¬poldo Zea. entre otros.

Posteriormente, en 1950 entramos en contacto cuando ella presentó su tesis. Recuerdo que el jurado estaba furioso porque de¬cía que la mujer no tenía por qué pensar, y mucho menos hablar libre¬mente. Creo que esa ironía la man¬tuvo siempre por un camino posi¬tivo. Por ese tiempo yo tenía 23 años y Rosario 25, entonces vino la primera relación tal vez fugaz, pero muy intensa; ya ahí espesaban las primeras cartas, que eran muy bo¬nitas, pero yo no podía hacer mi vida con base en eso y hubo una pri¬mera ruptura, luego tratamos de re¬gresar pero no embonábamos en muchos sentidos y no tenía caso se¬guir con eso.

—En Cartas a Ricardo hay un reflejo de un enamoramiento apasionado y en momentos exagerado de Rosario por usted. Después de tantos años ¿cómo ve las cartas: cursis o de un amor constante todavía?

—Quizá nunca lo he medido. Ro¬sario era una mujer muy completa en todos los aspectos, no sólo desde el punto de vista de su talento, sino de la capacidad emotiva que tenía. Por otro lado, era muy obsesiva en su trabajo, pero también tenía el problema de las depresiones. Enton¬ces, no creo que las cartas sean cur¬sis en ningún momento, son mues¬tra de ese gran amor que sentía por mí.

—Hubo un encuentro entre ustedes de 15 días, antes de irse becada por España ¿cómo fueron esos quince días?

—Fueron muy intensos, incluso, cuando regresa, intentamos volver pero no se pudo. Siento que no nos entendimos, y entonces lo único que había que hacer era terminar. Des¬pués reanudamos la relación con la misma fuerza y la misma positivi¬dad, tomando en cuenta que pa¬saron seis años. Había algunos pro¬blemas, por ejemplo, mis dos hijos con Lilia Carrillo, de la cual me di¬vorcié por 1955, entonces los niños iban conmigo todos los fines de se¬mana y se llevaban bien, salvo cuando Rosario los regañaba, pero eso es muy normal ¿no?

—Posteriormente hay un reencuen¬tro entre ustedes después de varios años de ausencia y según las cartas ella le es totalmente fiel, siendo que usted ya estaba casado con Lilia Ca¬rrillo por 1952. ¿Fue la misma pa¬sión al momento de reencontrarse?

—Rosario y yo nos casamos en enero de 1958 y la relación fue muy natural. Ella se había ido a Chiapas a trabajar en las cosas de los indios. Le admiraba mucho su vocación por ayudar a resolver los problemas de injusticia social y económicos. A ella le había tocado vivir eso por ser hija de propietarios de ranchos. Por esos años escribe Balún Canán, además de varias poesías y es comisionada por el Instituto Indigenista cerca de San Cristóbal.

Antes de regresar se escribía con mi madre y mis hermanas. De pronto un día me dicen Rosario anda en México, entonces nos ha¬blamos y volvimos a salir. Siento que siempre fue una relación de fondo, muy profunda y positiva, in¬dependientemente de las fallas, ade¬más no fue muy difícil reanudar la relación ni por parte de ella ni mía.

Después hay una época muy pro¬blemática, porque tenía problemas depresivos, que se superan cuando tiene un trabajo objetivo en la UNAM, con Ignacio Chávez, que la nombró directora de información en la Universidad. Esto ayudó, porque incluso mi hijo Gabriel nació exac¬tamente a raíz de que Rosario aca¬baba de aceptar el puesto, anterior¬mente tuvo un problema de aborto, con una niña que nació enferma y murió. Una noche antes de nacer Gabriel, le habían dado el premio Villaurrutia, esa noche nos fuimos a una reu¬nión a casa de varios amigos, entre ellos Rodolfo Valencia y Waldeen; nos quedamos un rato pues nos tuvimos que ir al sanatorio.

—¿Cómo se da la separación defini¬tiva entre ustedes, primero en 1952 y luego en 1971?

—La relación se interrumpe en 1952 por completo y se reanuda en 1957. Posteriormente, en 1971, nos divorciamos. En esa época Rosario estaba mucho más sólida en todos sentidos, y eso ayudó a que el divorcio fuera en buenos términos, sin problemas. Luego es nom¬brada por Echeverría embajadora en Israel.

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