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Miguel Hidalgo no fue un venerable ancianito que siempre quiso la libertad de México. Fue un hombre virtuoso, sí, pero la historia oficial ha olvidado que procreó cinco hijos con tres mujeres distintas, que en su juventud fue conocido como el zorro, por su astucia y valentía, que era un hombre de campo, gran jinete y un alma dicharachera que amaba la tauromaquia, la música y el teatro.
La historia ha sellado sus labios ante los intentos de Ignacio Allende por envenenarlo o frente a esas imágenes que muestran a un héroe de mirada indulgente y cabello platinado, que son meras interpretaciones porque a Hidalgo nunca se le pintó ni se le dibujó en vida.
La historia tampoco habla sobre los excesos de Hidalgo y cómo tropezó con el callejón de la venganza, al punto de autorizar desmanes, saqueos y el asesinato de 300 hombres y mujeres en la Alhóndiga de Granaditas, ignorando todo consejo de sus compañeros de lucha, hasta mostrar su obsesión y aceptar el título de ‘su alteza serenísima’.
Todo este recuento, de la virtud a la obsesión, transcurre en el libro Cara o Cruz: Miguel Hidalgo, de los historiadores Isabel Revuelta y Carlos Silva, que aporta dos miradas en torno al cura que sembró las bases de la Independencia de México.
Una aclaración pertinente es que Hidalgo y su vida de párroco no fue la del padrecito intachable, “sino la del hombre que en esa vida encontró el tiempo y los ingresos para dedicarse a sus gustos, a la literatura y al teatro. No en vano le achacaban haber creado una Francia chiquita en San Felipe Torres Mochas (Guanajuato)”.
Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mondarte Villaseñor nació en la hacienda de San Diego Corralejo, Guanajuato, el 8 de mayo de 1753, en pleno corazón del territorio novohispano, cerca de la población de Pénjamo.
Fue el segundo de cuatro hijos y a los nueve años quedó huérfano de madre. A los 12 se matriculó en el Colegio de San Nicolás en Valladolid. Quería estudiar gramática latina y retórica. Se convirtió en maestro sustituto de latín, filosofía y teología.
Antes de ser el Padre de la Patria, fue tesorero, secretario y encargado de la sacristía de Santa Clara del Cobre. Después se convirtió en rector de la misma y se le señaló por perder parte de un préstamo en juegos de azar. Luego se convirtió en párroco provisional de Colima y un año después fue removido a San Felipe Torresmochas.
Hombre ilustrado que lo mismo departía en tertulias, tardes de chocolate y convites con las autoridades del más alto nivel -como lo eran sus amigos el Obispo de Valladolid, Manuel Abad y Queipo y el Intendente de Guanajuato, Juan Antonio Riaño-, Hidalgo ayudaba espiritual y económicamente a los indios de sus parroquias, a quienes enseñó y financió en oficios y actividades económicas para mejorar sus ingresos; y estableció talleres de alfarería, criaba abejas, curtía pieles y hasta cultivó vid -actividad legalmente prohibida- y morenas para el desarrollo del gusano de seda.
Como cura, se arraigó en las comunidades donde vivió e incluso dominó el purépecha, el otomí y el náhuatl. Fue el más popular de los insurgentes, el más carismático y su condición de cura hizo que lo adoraran las masas, que se volcaran a sus deseos.
