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El Nobel de Literatura, V. S. Naipaul, nació en Trinidad (1932-2018) y muere en Londres, Inglaterra el pasado 11 de agosto. Crónica publica esta entrevista que estaba programada para publicarse a finales de este mes y en la cual el autor habla de literatura y del oficio de ser escritor.
— Para usted, ¿un escritor es un cronista de la realidad o es un intérprete de la misma?
— Creo que no se puede separar una de otra; no hay diferencias. Porque no creo que se pueda describir el mundo de forma neutral.
— ¿Cree que actualmente se ha pasado del narrador que todo lo sabe, del narrador omnisciente, a otro que sólo cuenta lo que ve, lo poco que conoce? En ese caso, ¿qué lugar le concede al narrador?
— Desde luego, ese tipo de literatura es la que se escribe hoy en día. Pero ese “ojo” no es interesante. La vida es muy corta para leer este tipo de tonterías: “Entró en el salón, se acercó a la ventana, sacó un cigarrillo…” Este tipo de literatura deja fuera lo que uno sabe o lo que puede conocer. En cuanto al narrador, creo que él es el empresario, el gerente de la narración, y el que tiene la obligación de guiarla bien hasta el final.
— Usted afirma en Al final de la fe que es un libro sobre personas y no de opinión. Pero, ¿considera o está de acuerdo que su mirada modifica la realidad?
— No. Precisamente lo que debe hacer un escritor inteligente y serio es contar lo que ve, acercarse a la realidad y contarla. La gente se dedica a hacer juegos literarios; cuando no tiene mucho que decir juega con la sorpresa, con la intriga. Yo siempre he tenido mucho que ver y, desde luego, que decir.
— En este libro hace un recorrido por cuatro países musulmanes no árabes: Indonesia, Irán, Pakistán y Malasia. ¿Por qué decidió volver a mirar a estos países?
— Me interesaba regresar a los lugares donde estuve en el pasado. En este tiempo yo he cambiado, quería verlos con mis nuevos ojos. He escrito tres libros sobre estos países en diversos periodos y cada uno de ellos es distinto. A mí me interesaba el mundo, observar a la gente, su entorno, su vida cotidiana.
— ¿Por qué le interesan especialmente estos países para acercarse al mundo del islam?
— Me interesan porque son países que fueron algo antes de ser convertidos al islam, porque en esos países la gente ha perdido su alma, su verdadera cultura. La gente arabiza su nombre y pretende ser árabe. No tiene idea de su propia historia. En un país como Pakistán no tienen historia, pretenden que ésta comienza con la llegada de los árabes, que los islamizaron. Se ven a sí mismos como árabes miméticos. Cuando uno viaja a Malasia es absurdo ver cómo sus habitantes han cercenado su propio pasado, hablan como si Arabia fuese su patria y no tienen lugares sagrados en sus propios países, porque todos están en Arabia. El islam ha colonizado sus mentes. Eso hace que esa gente sea naturalmente inestable, crea una neurosis muy peligrosa.
— ¿Cómo se puede ir en contra del fanatismo sin caer en el mismo error?
— Escribiendo lo que uno ve sin hacer juicios de valor. Simplemente observando, buscando la verdad y contándola. El islam ha destruido la historia de los pueblos como Pakistán, Irán, Indonesia y Malasia.
— ¿Cree que este carácter “imperialista” del islam es comparable con el del cristianismo?
— El cristianismo actual deja unos márgenes de libertad individual que en el islam no existe. En los países islámicos no se permite a la gente estudiar el pasado anterior a la islamización. El cristianismo moderno es muy diferente del pasado, es irreconocible comparado con el cristianismo de los primeros tiempos. El cristianismo actual ha permitido recuperar el pasado clásico de Europa, anterior a la cristianización, lo cual es impensable en el islam.
A Naipaul no se le pueden preguntar algunas cuestiones. No permite que el periodista lo interrogue directamente sobre asuntos de la política internacional, por ejemplo. Y en sus libros, los más, aborda desde distintos ángulos esta cuestión. Cómo si no, si sus crónicas son las de un viajero incansable.
— Usted ha afirmado que la literatura en lengua castellana no merece la pena ser leída. Pero, hace algunos años, usted tradujo el Lazarillo de Tormes…
— Lo dije para provocar —responde el trinitario inglés—, pero nunca lo escribiría. Y esa traducción nunca se publicó.
— Otra declaración suya que causó mucha polémica fue cuando dijo que no cree en la literatura. Sin embargo, ¿por qué aceptó el Premio Nobel?
— No, lo que creo es que el género de la novela está agotado. Lo que yo hago es otra forma de literatura. Mi último libro no se puede decir que sea una novela, pero tampoco es un libro de viajes. Es un género nuevo. Pero, sí, me considero un escritor serio y por eso acepté el Nobel.
— ¿Considera el término “novela” para hablar de algunos de sus libros?
— No me gusta el término para hablar de mi obra, prefiero hablar de ficción o de trabajo de la imaginación, en el que como escritor introduzco toda mi experiencia, mi particular visión del mundo. No me gusta la palabra novela porque ha sido muy maltratada. Hoy en día todo el mundo escribe novelas, es una forma maltratada y ya ha dejado de ser una forma literaria importante. La novela como tal está muerta. Una obra literaria, para ser verdaderamente grande, tiene que ser original, nueva. Pero las formas estilísticas se agotan, no son eternas, y la novela está agotada. Montaigne con sus ensayos, Shakespeare con sus dramas o Dickens con sus novelas fueron originales y ésa es su fuerza respectiva. Hoy en día, a la gente o a los nuevos “escritores” se les enseña a copiar. Mediocre el que lo enseña y el que lo hace.
