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En su libro Just Babies, Paul Bloom nos recuerda uno de los métodos que usaron los nazis para marginalizar a los judíos y hacer que despertaran asco en quienes entraran en contacto con ellos.
Para ello cita a Primo Levi, quien nos recuerda que los miembros de la SS no escondían lo divertido que les resultaba ver la cara de los demás pasajeros alemanes al mirar a hombres y mujeres judíos acuclillándose para hacer sus necesidades en donde pudieran, ya fuera en mitad de las plataformas o en las mismas vías del tren.
Esto sucedía porque a los prisioneros judíos no se les permitía usar los baños. Los pasajeros alemanes, al verlos, expresaban su asco: “Se comportan como animales, es claro que merecen su destino”, decían.
El asunto, nos dice Bloom, es que para hacer que los demás nos resulten asquerosos no necesitamos los métodos de los nazis, es suficiente con usar la imaginación.
Los grupos humanos pueden contar historias de lo sucias y malolientes que son las personas ajenas a su grupo.
Si la empatía hace que los seres humanos nos preocupemos por los demás y despierta el altruismo y la compasión, el asco hace todo lo contrario: nos hace indiferentes al sufrimiento de los otros; tiene el poder, nos recuerda Bloom, de incitar la crueldad y la deshumanización que, como veremos, es parte de la humillación.
Varios experimentos muestran que el asco hace que las personas juzguen a los demás de manera más severa.
Por ejemplo, se le ha pedido a sujetos que hagan juicios sobre escritorios desordenados y sucios o en cuartos rociados con olor a ventosidades, o después de escribir acerca de alguna experiencia asquerosa.
Todas estas situaciones hicieron que los participantes fueran moralmente más severos con los actos de los demás. Las personas más sensibles al asco tienen actitudes más severas frente a ciertos tipos de personas, como inmigrantes o extranjeros.
Según el psicólogo Paul Rozin, el asco evolucionó para defender nuestro cuerpo, y a lo largo de la historia humana hemos transformado este sentimiento en una defensa del espíritu. Ahora nos da asco cualquier cosa que amenaza nuestra imagen de pureza y nos recuerda nuestra animalidad.
Al respecto del asco, y siguiendo la línea de Rozin, Martha Nussbaum nos dice que dada la tardía aparición del asco en la vida del individuo (que sucede hasta que se enseña a los niños a ir al baño), las sociedades tienen muchas posibilidades para moldear su contenido y extenderlo más allá de los objetos primarios del asco (los excrementos o la comida echada a perder).
Para ello utilizan el asco por proyección (projective disgust), que según nos explica Nussbaum es el asco que se puede sentir, por ejemplo, por un grupo de personas clasificado como inferior por ser supuestamente más animal, más ignorante, más sucio, más pobre.
Y claro, se tiene el prejuicio de que los miembros de estos grupos tienen las características de los objetos primarios del asco: son sucios y apestosos. El asco por proyección crea un mundo radicalmente segmentado.
Rozin y Nussbaum tienen razón, nos dice Bloom, cuando sugieren que nuestras intuiciones sobre moralidad son influenciadas por preocupaciones sobre pureza.
Por ejemplo, limpio y sucio son propiedades de objetos físicos que también usamos para referirnos a reputaciones y a formas de proceder. Podemos referirnos al lenguaje de alguien como sucio y a las intenciones de otro como puras. Por medio del asco estigmatizamos a los otros y segmentamos la sociedad.
