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No figuraba como favorita en ninguna quiniela, pero ahí está Croacia, metida en la final de la Copa del Mundo de Fútbol de Rusia, trofeo que trató de arrebatarle a Francia y convertirse así en el primer país de la desaparecida Europa comunista que hubiera ganado un Mundial.
Y tan inesperado como el pase de esa pequeña república balcánica (y sus escasos cuatro millones de habitantes) ha sido el nacimiento de una estrella en este Mundial de Rusia, con el mérito, además, de no haber tenido que tocar nunca un balón. Se trata de la presidenta de Croacia, Kolinda Grabar-Kiratovic, de 50 años.
La jefa de Estado croata logró llamar la atención de todo el mundo por su entusiasmo desbordado con el que celebró cada gol y cada victoria de Croacia. También ayudó su espontaneidad y su manera tan poco ortodoxa de presenciar los partidos. Primero, pidió permiso sin goce de sueldo para viajar a Rusia; luego, se pagó de su bolsillo cada boleto de avión para seguir a su selección y viajó en clase turista. Como una aficionada más, prefirió mezclarse entre sus compatriotas en las gradas y lucir como ellos la camiseta con el típico tablero de ajedrez rojo y blanco que distingue a la selección nacional y al escudo de la bandera.
De haber sido Croacia eliminada en la primera ronda, nadie le habría prestado atención, pero cuando fue convencida de que subiera al palco de autoridades, a medida que Croacia iba escalando más alto, llamó poderosamente la atención, porque, en vez de guardar las formas, se comportó como si siguiera rodeada de la masa de compatriotas que festejaban con gritos y saltos cada gol. De hecho, la condición que puso para subir al palco fue que la dejasen lucir su camiseta con el escudo croata.
