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El nombre de María Enriqueta Camarillo (1872-1968) no figura en el canon de las letras mexicanas, aunque fue la primera mexicana traducida y leída fuera de México, una bestseller de su tiempo, rechazada por pertenecer a una familia ultraconservadora, aunque contaba con el reconocimiento de escritores de la talla de Gabriela Mistral, Jaime Torres Bodet y Victoriano Álvarez Salado.
Así lo cuenta en entrevista Ester Hernández Palacios, investigadora por la Universidad Veracruzana, quien preparó Rincones románticos, una antología que compila una amplia selección del trabajo literario de esta autora que se convirtió en la promotora de la lectura más entusiasta de principios del siglo XX y este año conmemora el 50 aniversario de su fallecimiento.
“Como poeta es bastante buena, pero yo la prefiero como narradora, aunque es cierto que su trabajo como antologadora fue excepcional, refleja un nivel de lectura que le permitió ir más allá de sus límites ideológicos, y eso es muy respetable”, apunta.
La investigadora afirma que su mejor obra fue El secreto, que cuenta la historia de un adolescente con una fuerte inclinación por el arte, quien habla sobre la ausencia del padre y la lucha de un joven por convertirse en artista.
“Esta novela fue la que tuvo mayor número de ediciones y se tradujo a otras lenguas como el francés, al portugués y al italiano. No creo que pudiera ser del gusto de los niños de nuestro tiempo, pero sí es una novela que puede leer el público en general, porque es una novela universal que goza de una interesante construcción de los personajes y tiene una gran factura literaria”.
En francés, esta novela fue publicada en la colección Les Cahiers Féminins del sello Librairie Bloud & Gay. Era 1926 y el hecho fue consignado por Luis Lara Pardo —corresponsal de Excélsior en París el 3 de enero de 1927—, quien informó que la traducción fue de Agathe Valéry, hija del gran poeta francés y revisada por Mathilde Pomès, autora de algunas versiones de libros de Miguel de Unamuno.
Sin embargo, no todo fue miel sobre hojuelas, pues autores como Pedro Henríquez Ureña le dedicaron comentarios adversos.
Al respecto, Hernández Palacios considera que eso fue producto de la misoginia. “Creo que Henríquez Ureña sufría de misoginia, lo cual era común… aunque hoy todavía lo es. En ese momento las mujeres se abrían paso con muchas dificultades y eran rechazadas, pues se pensaba que eran una parte de la especie humana, pero de ideas cortas; su rechazo no fue a consecuencia de su lectura, sino por ser mujer y pertenecer al grupo político e ideológico de derecha”.
