
El gran instante del parto, claridad cíclica en todas las mañanas del mundo, fulgor que alumbra las más avanzadas ideas, destello quebrado del relámpago, milagro fosforescente de la luciérnaga... la luz es irrefutable axioma, es lo ilimitado, lo eterno, lo maravilloso.
El próximo 16 de mayo por primera vez el planeta conmemorará el Día Internacional de la Luz, instituido oficialmente por la Unesco en noviembre del año pasado. La fecha es ocasión para un encendido festejo sobre toda aquella radiación electromagnética que incide en nosotros y lo que nos rodea, en todo lo que ha sido e incluso todo lo que será.
Hay ámbitos como el del cine, en el que la luz lo determina todo. Esa operación alquímica entre luz y materia es que lo ha hecho posible las películas. Por qué no detenernos un poco para revisar la obra de algunos quienes inspiradamente han iluminado (en) el cine.
Algunos hablan del papel simbólico de la luz en los filmes. Aquel en el que su presencia en la imagen se asocia a un sentido. Como ejemplo está la manifestación de lo trascendente en ese nimbo sobrenatural que envuelve al arcángel que confronta al Mefisto de F.W. Murnau en Fausto (1926), y que relumbra en la pantalla gracias a la labor del cinefotógrafo expresionista Carl Hoffman, el ‘dibujante de sombras’.
En una función dramática, la luz acentúa, profundiza, define las figuras. Hace vibrar las emociones. Para esos fines, pocos se equiparan a Gregg Toland, cuyos contraluces y ángulos atrevidos en Ciudadano Kane (1941) hicieron del filme de Orson Welles un clásico. Nuestro Gabriel Figueroa aprendería lo mejor de Toland para marcar con su sello fotográfico el cine dorado mexicano.
Hay ocasiones en que los realizadores bañan la pantalla o iluminan regiones del cuadro para guiar la manera de apreciar el conjunto. En una escena de hospital en Sonata de otoño (Igmar Bergman, 1979) Sven Nykvist, fiel admirador de Toland, inunda todo el cuadro de color para sugerir una impresión profunda. Más famosa es la imagen de cura Merrin cuando desciende del taxi frente a la casa donde practicará un mortal exorcismo a la poseída Regan en El exorcista (1973) de William Fredkin.
El empleo de la luz sin mayores artificios llega a ser potente recurso narrativo en los logros de cinefotógrafos como Néstor Almendros, quien en Días del cielo (Terrence Malick, 1978) filmó durante la llamada hora mágica para impregnar de naturalismo las escenas. El mismo Malick aprovecharía las virtudes de El chivo Lubezki al confiarle la cinefotografía de El árbol de la vida (2011), elemento que está entre lo mejor de la película.
El afortunado manejo de las infinitas posibilidades con la luz, entre sombras y colores, se goza en el arte del maestro Vittorio Storaro: El conformista (Bertolucci, 1970), Apocalypse Now (Coppola, 1979), Rojos (Warren Beatty, 1981), El último emperador (Bertolucci, 1987), entre otras. Luz y oscuridad se baten en cada trabajo del italiano, quien al final consigue plasmar una poderosa resolución de ese conflicto.
La historia del cine está llena de otros grandes ejemplos. Ahí está esa blancura casi en el cero absoluto de la iluminación en el funeral que aparece en Ordet (1955), de C. T. Dreyer, y que emula a su manera el mexicano Reygadas en su Luz silenciosa (2007).
No se deben olvidar los legados de G. R. Aldo influyendo enormemente en la iluminación de los filmes neorrealistas; lo propio en la labor de Raoul Coutard trabajando para realizadores como J. L. Godard y explotando la iluminación por reflexión. O bien lo conseguido por el húngaro John Alton, quien colmó de claroscuros el film noir.
“Hay un cierto sesgo de luz” (E. Dickinson) que ha hecho posible el cine que admiramos. Luz-materia en movimiento. Materia-luz excitante para el ojo. Luz habitada que nace de las sombras, acaso porque cada película es una historia arrebatada a la oscuridad.
