
Pablo y Luis Sciandra fueron dos fotógrafos italianos que llegaron a la Ciudad de México en 1872 y registraron dos eventos históricos del siglo XIX: el traslado del cuerpo del presidente Benito Juárez del Zócalo capitalino al panteón de San Fernando, y el incendio que destruyó la Cámara de Diputados ese mismo año. La vida de estos hermanos hasta ahora desconocida, es contada por el investigador Gustavo Amézaga Heiras en el libro Hermanos Sciandra. Fotógrafos en México.
“Le propuse el tema a Pablo Ortiz Monasterio, editor de la colección Círculo de Arte, porque parte de mi trabajo como investigador es el rescate de fotógrafos del siglo XIX que no están valorados, porque se desconoce lo que hicieron, o cómo llegaron al país. Son personas que contribuyeron a una visualidad de México; parte de su herencia, que nos dejaron, es como fue la imagen de muchos mexicanos a través de sus retratos”, señala Amézaga Heiras.
En el libro que incluye 45 fotografías tomadas por Pablo y Luis Sciandra, se narra que antes de llegar al puerto de Veracruz en 1868, los hermanos estuvieron en diferentes puntos de Europa para perfeccionar su técnica fotográfica, incluido Madrid, en donde trabajaron con el famoso fotógrafo español Jean Laurent.
Después de instalar un estudio en Orizaba, Veracruz, los hermanos Sciandra decidieron probar suerte en la Ciudad de México y junto con el pintor orizabeño Justo Montiel, instalaron un estudio de fotografía y pintura en el segundo piso del número 7 del Portal de Mercaderes, en donde actualmente está el Gran Hotel Ciudad de México(16 de septiembre esquina Plaza de la Constitución).
“Su estudio estaba en la parte alta, todos los fotógrafos tenían en las azoteas sus estudios porque iluminaban con la luz del Sol. La energía eléctrica llegó hasta finales de los 80, por lo que los estudios fotográficos debían de contar con un techo de cristal, una claraboya, un tragaluz o un vitral, de esa manera iluminaban a las personas. Por esas mismas condiciones del espacio de los estudios fotográficos en el siglo XIX, la mayoría de los talleres se traspasaba, primero lo utilizaba un fotógrafo, y luego lo rentaba otro más y así sucesivamente”, narra Amézaga Heiras.
