
Gerardo de la Torre (1938), quien cumple 80 años el próximo 15 de marzo, platica con Excélsior sobre su infancia, su arribo al Distrito Federal, su incursión en el Partido Comunista y su relación de los petroleros mientras se desarrollaba el movimiento estudiantil de 1968; también acerca de su primer acercamiento con las letras, su pasión por el beisbol, los años como profesor de diferentes generaciones de escritores y, sobre todo, de su suma literaria, que comenzó con el libro de cuentos El otro diluvio, que cumple 50 años de su aparición.
DE OAXACA A MINATITLÁN Y AL DF
“Cuando yo nací, el 15 de marzo de 1938, ya estaba latente el asunto de la Expropiación Petrolera. Mi padre laboraba en la refinería de Minatitlán, en Veracruz, pero fue a trabajar a Oaxaca, donde conoció a mi madre. Cuando cumplí dos meses de nacido, la familia se regresó a Minatitlán. Mi padre era empleado de compañías inglesas de Minatitlán, El Águila, por ejemplo, por eso el equipo de beisbol de Veracruz se llama Águila de Veracruz. Él hablaba más o menos inglés y por ello era secretario del jefe de personal. Viene la Expropiación, se van lo ingleses; se quedó vacante ese puesto y se preguntaron: ‘¿quién sabe de personal?’. Pues el pinche secretario”.
Por ese motivo a mi padre lo nombraron subjefe interino hasta que llega un nuevo director. Ya como subjefe vino a México. Mi padre era jugador y apostador, acá había caballos y frontón, por lo que se empeñó en conseguir su cambio al DF para seguir con ‘la jugada’. Entonces, fue en 1945 que de Minatitlán vinimos a vivir al Centro, muy cerca del Frontón México, después nos fuimos de arrimados a la colonia Héroes de Chapultepec con una hermana de mi madre, por las pérdidas de dinero en el juego. En 1949 llegamos a la Narvarte, donde conocí a (el escritor) José Agustín, quien tenía nueve años”, asegura Gerardo de la Torre.
DE ARREOLA AL CENTRO MEXICANO DE ESCRITORES
“Mis inicios como escritor fueron en la Escuela de Teatro donde Juan José Arreola impartía la clase de Verso. De las primeras sesiones, recuerdo, Arreola nos preguntó quién se sabía un poema. Para ese entonces yo ya era un lector de César Vallejo, sobre todo de los Heraldos negros. Me levanté, declamé como pude, pero Arreola me dijo, ‘el secreto para leer este poema es decirlo como un boxeador que se levanta de la lona’.
Poco después supe del taller (de narrativa) que impartía Arreola, no era del INBA, era personal, pero quizá se llevaba su lana. Entré y poco después de mí ingresó José Agustín. Honestamente, yo era muy malo. Claro, yo contaba historias, pero no manejaba la prosa, y vaya que a Arreola eso le importaba. Estuve dos o tres años en el taller, de los 23 a los 26, aproximadamente, pero mis verdaderas inquietudes rondaban más por lo revolucionario y político. Yo era miembro del Partido Comunista desde los 22 años.
En 1966 intenté ingresar al Centro Mexicano de Escritores, pero me rechazaron; fue hasta 1967 que formalmente me aceptaron. Mis cuentos primeros de El otro diluvio son por los que me dan la oportunidad de ingresar al Centro; sin embargo, ya tenía la inquietud de escribir novela. En esos tiempos comencé a pergeñar Ensayo general”, recuerda el autor de Nieve sobre Oaxaca.
Acerca de su propia obra literaria, De la Torre no escatima en decir, con precisión, “tengo en mi haber diez novelas y nueve libros de cuentos”. Entre ellas destacan, por la vía de la novela, Ensayo General, La línea dura, Muertes de Aurora, Los muchachos locos de aquel verano y Morderán el polvo; y por el lado del cuento, El vengador, Viejos lobos de Marx y De amor la llama.
PEMEX, LA QUINA Y EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL
Gerardo de la Torre recuerda su paso por la refinería de Azcapotzalco, donde trabajaba en un taller. Asegura que él fue uno de los primeros organizadores de los petroleros para lanzarse al apoyo en las calles de los estudiantes en 1968.
“Recuerdo que comenzaron a volantear los muchachos del Politécnico en la puerta de la refinería donde trabajaba, en Azcapotzalco. Yo pasaba lentamente para escuchar, los de vigilancia de Pemex nos tomaban foto para ver quiénes estaban en el mitin. Iban diario los muchachos. Poco a poco se fue perdiendo el miedo a las fotos y nos fuimos quedando más tiempo en el mitin.
“En una de las manifestaciones cerca de la refinería sale un jeep, un transporte militar con soldados y un coche particular hasta adelante. Entonces pararon el camión y bajaron a cabronazos a los muchachos, los subieron y se los llevaron. Tanto trabajadores de la refinería y vecinos les tiraron piedras a los soldados. Todo mundo encabronado comenzó a madrear un coche de los militares que dos soldados vigilaban. Los soldados salieron corriendo. Lo voltearon y lo quemaron.
“Después de este hecho, a la siguiente manifestación fueron cerca de 500 petroleros. Era un gran contingente de petroleros. Yo decía, ‘ay cabrón, de dónde salieron tantos’, un contingente con tres mantas que decían ‘Petróleos presente’, además de que hicimos una quema de un ataúd del PRI y las credenciales del partido, imagínate el impacto. Nos acusaron de usar el nombre del sindicato. Uno de los líderes de Pemex, amigo de mi padre en Minatitlán, me mandó llamar para decirme, textualmente, lo que le dijeron los líderes de Pemex, ‘recuérdele a esos pendejos muchachos que les espera la cárcel o una bala’. Ya estábamos en noviembre y decidimos pararle, mantenernos tranquilos.
“Años después, yo ya no como trabajador de Pemex, en los 80, me invitaron a entrevistar a La Quina (Joaquín Hernández Galicia, líder sindical petrolero), allá en Tampico. Nos sentamos a platicar en el patio de su casa. Mis cuates se ponían verdes de miedo cuando lo cuestionaba, pero La Quina me respondía muy suelto. En el nicho petrolero una máxima era ‘que me castigue Dios, pero La Quina nunca’.
Él me dijo: ‘yo les agradezco mucho, muchachos, porque a mí en el 68 (Jesús)Reyes Heroles (entonces director de Pemex) me tenía en la banca, y creía que yo era el que los manejaba, y miren que traté de averiguar quién los organizaba, (y era yo, Gerardo, quien los organizaba). Nos mandó a llamar (el entonces presidente Gustavo) Díaz Ordaz, para calmar a los petroleros’.
“Entonces comenzaron a otorgar préstamos para los trabajadores, comisiones, permisos con salarios, así se ganaba sus equipos el sector, fue como La Quina tomó el poder, pasado el 68, del sindicato”, afirma el también guionista y cronista.
LA TETRALOGÍA PETROLERA
“Comencé a escribir Ensayo general cuando voltee los ojos a mis compañeros de trabajo, los petroleros; ahí encontré una veta más importante que la fantástica, subgénero por el cual quería entrarle a la literatura, las luchas sociales, las vidas personales, la clase obrera en México y los personajes sociales.
“La mejor novela que he escrito jamás es Los muchachos locos de aquel verano, sencillamente porque fue la que más trabajo me costó escribir, mejor que cualquiera de las posteriores. Su arquitectura es de flashbacks dentro de flashbacks. Es innegable la influencia del cine. Yo pensaba poner encabezados en cada capítulo al estilo de guiones de cine, pero entendí que no era necesario. La propia narrativa lo daba, cada flashback lleva al lector de atrás hacia adelante. No negaré que titubeé mucho antes de mandarla al concurso".
“Muertes de Aurora es la única novela que aborda el tema de los petroleros en el movimiento estudiantil del 68. No la mejor, sí la única. De hecho, recuerdo un pasaje de la novela: un día decidimos ir a una manifestación, éramos doce; de hecho lo digo, 12 petroleros como doce apóstoles. Fuimos con una manta toda chorreada, realmente no sabíamos cómo hacerla. Fue en el Casco de Santo Tomás. Yo me fui cerca del cine Cosmos para ver cómo se veía la protesta. Eran como 200 mil estudiantes. Ahí me topé con (el escritor Carlos) Monsiváis, con quien compartía beca en el Centro y a quien ya conocía, pero no nos llevamos bien, él era muy boca floja y yo muy rabioso en ese tiempo. Recuerdo que él dijo, burlón como siempre, ‘no veo ni una cara inteligente’, contándome a mí, por supuesto".
