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Aquella tarde, Calypso Kid había llenado por segunda ocasión el Madison Square Garden, ante la molestia de los blancos. Increíble, pero el atlético luchador jamaiquino había conseguido que hombres negros, del Harlem y latinos, se metieran al inmueble transformado en una arena de lucha libre y observaran cómo el otrora Mr. Jamaica se impusiera al campeón rubio llamado Buddy Rogers. Era el año 1961 y en territorio americano existía el recuerdo del Ku Klux Klan y la violencia de cualquier modo hacia los hombres de color. A Calypso Kid le dijeron de todo los hombrecitos blancos: “aquí no vuelves a luchar”, “te vamos a matar” y “jamaican, go home”. Calypso no hacía más que aguantar los insultos y cenar en la cocina de cualquier restaurante neoyorquino, porque no tenía permitido comer con los hombres de ojos claros. “Tampoco podía sentarme con los blancos en el bus, pues sabía que mi lugar era en los asientos de atrás. No era sólo yo, lo mismo les pasaba a Martin Luther King, Chuck Berry y Ray Charles”.
El que lo cuenta es el viejo Dorrel Dixon, luchador sobreviviente de aquellos cuadriláteros que pisaron leyendas como Rito Romero, Cavernario Galindo, Gori Guerrero, Tarzán López, Sugi Sito, Karloff Lagarde y el Copetes Guajardo, rudos sin máscara que lucharon contra El Santo, Blue Demon y Mil Máscaras, y vivieron para contarlo.
Dorrel, Dory o Calypso (como quiera llamarle) mueve las manos y los ojos al mismo tiempo que platica su historia. Aquél que sepa de lucha libre, recordará al jamaiquino de impresionantes músculos que un día se apareció en la vieja Arena Coliseo para enfrentar al panameño Chamaco Castro y pagar la novatada.
Dorrel Dixon acaba de cumplir 84 años, vive en Puebla desde hace décadas con su esposa Vicky y mantiene la postura de aquel joven de 20 años que un día llegó a México para participar en los Juegos Centroamericanos del 54 como levantador de pesas. “¡Chihuahuas, brother!, mi mamá quería que fuera pastor evangélico en Jamaica, aquí llegué como levantador de pesas, después de ser Mr. Jamaica, y terminé en el ring. Dios me fue señalando el camino”.
No deja de mover esas enormes manos y abre los ojos como platos. “Las cosas pasan por algo. Las circunstancias han marcado mi destino. Yo estudiaba en la Universidad de Montemorelos, Jamaica, para convertirme en pastor. Tocaba un poco el piano y una tarde toqué una melodía en la escuela que al director no le gustó. ¡Me expulsaron! Entonces una cosa me llevó a otra, pues en un ‘chabadabadoo’ ya estaba en el gimnasio levantando pesas, lo que pronto me puso en la oportunidad de ganar el título de Mr. Coronation en Jamaica”.
En pocos meses, Dorrel transformó su cuerpo en una mole y, otra vez las circunstancias, lo invitaron a participar con la delegación de Jamaica que vendría a México para celebrar los Juegos Centroamericanos de 1954. Vendría como levantador de pesas y obtendría la medalla de plata (empataría con el vencedor, sólo que los jueces le darían la plata por pesar 200 gramos más).
“¡Caramba!, si yo hubiera ganado el oro hubiera regresado de inmediato a Jamaica para presumirlo a todo el pueblo. ¿Te das cuenta cómo cambió de nuevo mi destino? Me quedé con la plata y unos amigos mexicanos me dijeron que me quedara aquí. Me escondieron en Puebla (Texmelucan), pues me quedé de ilegal y el jefe de la delegación, que era inglés, no pudo encontrarme”, platica Dorrel con ojos de asombro.
En Puebla, el joven de 20 años conoció al gobernador Rafael Ávila Camacho (hermano del presidente), quien se impresionó por la musculatura del atleta negro y, tras realizar varias llamadas, le consiguió el puesto de su agente especial, profesor de educación física en la Universidad de Puebla, así como otros cargos.
“Híjole, mano!, un día fui a la Arena de Puebla y vi a unos luchadores arriba del ring. No sabía que existía algo tan emocionante y, ¡pácatelas!, la lucha libre se metió en mi cabeza. Un amigo me dijo que había un enmascarado plateado al que le pagaban 200 pesos por subirse al cuadrilátero. ¡Yo quiero ser como ese enmascarado!, respondí. El gobernador me decía que me quedara con él, que la lucha no me iba a dejar cosas buenas. No le hice caso”.
El joven Dixon se preparó para debutar en la Arena de Cuautla y lo hizo descalzo. Enrique Llanes, experimentado luchador y luego comentarista deportivo, le recomendó que utilizara botas, que no era bien visto que luchara descalzo. Un día después, Dixon luchó en Puebla contra El Gavilán. Sin embargo, el día que se dio a conocer fue un año después en la Arena Coliseo, cuando debutó de manera profesional ante Chamaco Castro. “Un día se me acercó un señor Lutteroth y me invitó a la Coliseo. Aquella tarde me fue muy mal”.
De hecho, le fue muy mal en su primer año, pues “lloré todos los días, durante los entrenamientos y los combates. Era mucho el dolor, pero yo quería seguir en esto. Así llegué a luchar contra El Santo (dice que ese día le templaron las piernas), contra Mil Máscaras, Blue Demon y Black Shadow”.
